A San José le dejé un papel doblado con una petición que no pienso revelar. Horas después, en un monasterio benedictino de El Rosal, me tocó intentar algo quizá más difícil: quedarme callada.
Ser periodista en la Gobernación de Cundinamarca tiene cosas maravillosas. Conocer de cerca lo que se hace por el departamento, comunicarlo y aportar, desde mi oficio, un granito de arena para contar lo que pasa en sus municipios. Pero hay algo que disfruto todavía más: recorrer el territorio y aprender a mirarlo con otros ojos.
Esta vez, un equipo periodístico y yo emprendimos camino hacia El Rosal, un municipio de la provincia de Sabana Occidente, reconocido por su actividad agrícola, ganadera y florícola, y por su cercanía con Bogotá. Desde la capital se puede llegar por la calle 80, tomando la vía hacia Medellín. Son cerca de 46 kilómetros que, dependiendo del tráfico, permiten llegar y regresar en el mismo día. En el camino pagamos $15.500 de peaje en Siberia y, mientras avanzábamos, yo ya pensaba en todo lo que podríamos encontrar detrás de aquella visita que, en principio, tenía como propósito hacer reportería sobre turismo religioso.
El Rosal fue creado como municipio en 1997, después de separarse de Subachoque, y para 2026 cuenta con una población proyectada de cerca de 27.700 habitantes. Pero, como suele pasarme en estos recorridos, los números son apenas el punto de partida. Lo que realmente termina quedándose conmigo son las personas, los lugares y esas pequeñas historias que aparecen cuando uno deja de mirar el municipio solamente como una cifra.
Nuestra primera parada fue el parque principal. Allí nos esperaba Eilin Velandia, coordinadora de Turismo, quien nos acompañó durante parte del recorrido. Y aquí ocurrió una de esas casualidades que hacen que una agenda de reportería termine tomando caminos diferentes, uno llega con una ruta prevista, pero no necesariamente sabe cuál será la historia que terminará contando.
Así pues, desde el centro caminamos hasta la parroquia de San José de El Rosal. Es un templo pequeño, pero muy bello, cuya historia se remonta a comienzos del siglo XX. Fue fundado por Ana Vicenta González en 1902 y, en sus inicios, recibió el nombre de Santa Bárbara de El Rosal. Un detalle que me llamó especialmente la atención es que la iglesia fue construida de manera que su fachada quedara orientada hacia la casa de su fundadora, Ana Vicenta González.
Un año después, el 28 de mayo de 1903, Ana Vicenta González donó el templo a la parroquia. Una fuente conservada por la Biblioteca Nacional señala que la construcción de la iglesia concluyó en 1924. Hoy, el templo se encuentra nuevamente en proceso de remodelación, una oportunidad para observar de cerca algunos de los elementos arquitectónicos que hacen parte de este lugar. Allí nos recibió el padre Ángel Albeiro Bohórquez, párroco de El Rosal, quien nos contó mucho más sobre la historia del templo, los detalles de su arquitectura y las características que lo hacen especial dentro del municipio.
Apenas entré pensé algo que probablemente no figuraba en el itinerario:
—Qué lugar tan bonito. Aquí me quiero casar.
Mis compañeros escucharon la ocurrencia y seguimos recorriendo la iglesia. Entonces apareció San José y, con él, un asunto más urgente que el matrimonio.
En la parroquia hay un pozo de los deseos dedicado al patrono del templo. La dinámica es sencilla: se escribe una petición en un papel, se hace una oración y se deposita allí.
Escribí la mía.
No voy a contar qué pedí, porque fue algo muy personal y, además, ese asunto quedó entre San José y yo.
Una vez superado este encuentro con mis deseos más íntimos, la reportería continuó por algunos establecimientos gastronómicos del municipio. Hubo grabaciones, conversaciones y, por supuesto, comida. Encontramos un restaurante de comida paisa, allí el chicharron una delicia, y también opciones para quienes, como yo, preferimos algo un poco más saludable. En el recorrido, además, los habitantes nos recomendaron un lugar donde, según ellos, preparan las mejores rellenas de El Rosal. Y como en una salida de reportería también hay que dejar espacio para descubrir los sabores del territorio, no desaprovechamos la oportunidad de probarlas.
Después volvimos al vehículo para dirigirnos hacia un lugar que cambiaría por completo el tono de la jornada: el Monasterio Benedictino El Rosal, ubicado en la vereda Cruz Verde, en la finca San Benito, a unos 15 minutos del casco urbano. Si hasta ese momento el recorrido había estado marcado por las preguntas, las cámaras y los sabores, allí nos esperaba una experiencia completamente diferente: el silencio.
Para una periodista, el silencio suele ser incómodo y para alguien tan parlanchina como yo, guardar silencio no fue precisamente sencillo. Sin embargo, el ambiente del monasterio invita a hacer justamente eso: bajar el ritmo, alejarse por un momento de las notificaciones, de las redes sociales, del ruido y de la rutina, y simplemente estar.
En ese lugar el silencio no es un vació. Al contrario, es una oportunidad para llenar el alma.
No tiene que ser una experiencia mística. También puede ser algo mucho más elemental y, por estos días, bastante extraño: estar en un sitio sin sentir la obligación de ocuparlo con ruido.
Nuestra última parada fue en la casa de Clara Giraldo, una artesana que, junto con su sobrino, ha convertido su hogar en un espacio para conservar y trabajar la tradición de la lana. Allí también tienen un criadero de ovejas y realizan buena parte del proceso que comienza con la obtención de la lana y termina en piezas elaboradas a mano.
Clara nos contó su historia mientras yo miraba las lanas, los tejidos y todo lo que había detrás de cada creación. Porque cuando uno ve una pieza terminada puede pensar que simplemente se trata de un objeto bonito, pero detrás hay tiempo, paciencia, conocimiento y muchas horas de trabajo.
Y como si la visita no tuviera ya suficientes detalles, la casa también tenía un mirador.
Desde allí pude contemplar parte del territorio y, por unos minutos, dejar de mirar El Rosal desde la carretera para observarlo desde arriba, con otra perspectiva. Fue una de esas pausas que no estaban planeadas, pero que terminan convirtiéndose en parte importante de la historia.
Después de varias horas preguntando, conversando, grabando y caminando, llegó el momento de regresar.
En el vehículo iban las cámaras, los micrófonos y todo el material que habíamos recogido durante la jornada. Pero también iban las conversaciones que no quedaron grabadas, las bromas entre una parada y otra, los comentarios espontáneos y esas pequeñas escenas que rara vez aparecen en una agenda de reportería, pero que terminan explicando un viaje tanto como los datos y las entrevistas.
Esta será apenas una de muchas salidas.
Vendrán otros municipios, otras carreteras, otros madrugones y, seguramente, otras historias que no estaban previstas en la agenda.
Porque eso es precisamente lo que más me gusta de recorrer Cundinamarca: uno puede salir con una ruta definida, una grabadora lista y una lista de preguntas, pero nunca sabe exactamente con qué historia va a regresar.
En El Rosal salí a hacer reportería sobre turismo religioso y terminé haciendo dos cosas que definitivamente no estaban en mis planes: escribirle una petición a San José y quedarme en silencio durante un rato.
De la segunda puedo contar que sobreviví.
De la primera también puedo contar algo: mi petición se cumplió.
Y esa, sin duda, terminó siendo la mejor noticia que me llevé de este municipio.








