A las cuatro de la mañana, mientras Bogotá todavía estaba dormida, yo ya iba camino a Gachetá. Bueno… decir que iba completamente despierta sería exagerar.
El destino era Gachetá, en la provincia del Guavio, un municipio de tradición campesina, montañas, gastronomía y una historia que guarda más de una sorpresa. La primera llegó antes de entrar al pueblo: después de pasar los peajes, apareció el amanecer. El sol comenzó a asomarse entre las montañas y, mientras intentaba grabarlo, pensé que definitivamente hay paisajes que hacen que valga la pena madrugar.
Pero el verdadero giro del viaje llegó cuando aterrizamos en el parque principal. Yo esperaba que el recorrido comenzará por algún mirador, una iglesia o un atractivo natural. La respuesta fue:
El primer lugar que vamos a conocer es el cementerio.
¿El cementerio? Sí. Y ahí empezó una de las historias más curiosas de este recorrido.
Mi primera pregunta fue precisamente esa: ¿cómo así que un cementerio es un lugar turístico?
La respuesta estaba unos metros más adelante.
Este espacio guarda una historia relacionada con la antigua explotación artesanal de mármol. En el terreno quedaron excavaciones y huecos que, con el paso del tiempo, comenzaron a ser utilizados para sepultar a los muertos.
Durante épocas de fuertes diferencias entre liberales y conservadores, según nos contaron durante el recorrido, algunos liberales tuvieron dificultades para acceder a los lugares tradicionales de entierro. Las antiguas excavaciones terminaron convirtiéndose entonces en espacios para sepultar a sus familiares.
Con el tiempo, el lugar adquirió carácter de cementerio y espacio religioso. Y mientras uno camina entre las tumbas, empieza a entender que allí no solamente están los restos de quienes murieron, sino también parte de la memoria de Gachetá.
Hay paredes de mármol, caminos y rincones que cuentan historias que no aparecen necesariamente en una guía turística.
Y el lugar también guarda una memoria más reciente. Durante los años noventa, el conflicto armado afectó esta zona y, de acuerdo con lo que nos explicaron, el cementerio llegó a ser utilizado como punto de reunión de grupos guerrilleros. Eso hizo que durante un tiempo el acceso fuera limitado y que un sitio que hoy puede recorrerse con tranquilidad no fuera un lugar habitual para los visitantes.
Mientras caminaba, pensaba en esa transformación: un espacio marcado por la muerte, por la minería, por las diferencias políticas y por el conflicto, que hoy empieza a mirarse también desde el turismo.
Ahí entendí que viajar por Cundinamarca no siempre significa llegar a buscar el paisaje perfecto. A veces significa detenerse en lugares que obligan a preguntar, escuchar y conocer lo que pasó antes de nuestra llegada.
El recorrido continuó de la mano de Wilmer Rodríguez Morera, quien anteriormente estuvo como coordinador de Turismo y nos acompañó para mostrarnos lugares y contar esas historias que difícilmente aparecen en una búsqueda rápida en internet.
También nos acompañó Luz Marina Urrea, quien realizaba el empalme para asumir la coordinación de Turismo de este municipio y quiso acompañarnos a recorrer los sitios que estábamos visitando.
Entre conversación y conversación conocimos además que para septiembre está prevista la apertura de un punto de información turística en el municipio. Un espacio que puede servir precisamente para eso: para que quienes lleguen sepan qué están viendo y conozcan las historias que hay detrás de cada lugar.
Y después de caminar, preguntar y grabar, llegó otra parte fundamental de cualquier recorrido: comer.
Y es allí donde conocimos un restaurante que todo lo soluciona con un buen guiso y una sazón de chuparse los dedos, En el Trapiche probamos pollo campesino, ese famoso fiambre del departamento y una limonada de esas que saben a finca: fría, ácida y perfecta para recuperar energía.
Aunque debo decir que no todo fue cómodo. Los zancudos también hicieron parte del recorrido y, aparentemente, yo estaba incluida en su menú del día.
Cuando llegó la hora de regresar a Bogotá llevaba fotografías, apuntes y material para contar. Pero también me llevaba una idea clara: Gachetá tiene historias que merecen ser escuchadas.
Yo llegué buscando amaneceres, paisajes y lugares para conocer. Y terminé caminando por un cementerio que, a primera vista, no habría imaginado como atractivo turístico.
Pero quizá ahí está precisamente la gracia de salir a territorio: en que uno nunca sabe con qué se va a encontrar.
Esta vez, Gachetá me recordó que detrás de una tumba puede haber una historia, detrás de una montaña puede haber memoria y detrás de un plato campesino puede haber otra manera de contar un municipio.
Y sí, también aprendí que para conocer Cundinamarca hay que madrugar… y llevar repelente.








