El canto de más de cien especies de aves y el mágico ritual del Gallito de Roca convirtieron mi visita a Ubalá en una experiencia inolvidable de conexión con la naturaleza.
Tuve la oportunidad de desconectarme del ruido cotidiano y adentrarme en un rincón de Cundinamarca que, hasta entonces, solo había escuchado nombrar: Ubalá. El viaje me llevó hasta la vereda San Pedro de Jagua, donde se encuentra la finca El Rincón del Tinamú, un lugar que desde el primer momento me hizo sentir que había llegado a un verdadero santuario natural.
Como todas las madrugadas, el canto de las aves rompía la noche. Lo que yo escuchaba desde mi habitación era un sonido cualquiera, sino una sinfonía viva que me recordaba que estaba en un territorio privilegiado por su riqueza hídrica, su biodiversidad y esos paisajes que parecen sacados de un sueño. Durante los días que estuve allí, caminé por senderos rodeados de vegetación espesa, respirando aire puro y sintiendo cómo la tranquilidad del entorno iba reemplazando poco a poco el estrés de la ciudad.
Una de las experiencias más memorables que viví fue el avistamiento de aves. Entre cantos y colores, aprendí a observar con paciencia: aves pequeñas y curiosas, rapaces imponentes y otras que solo dejaban ver su silueta entre los árboles. Cada recorrido era diferente, como si el bosque decidiera mostrarme algo nuevo cada día.
Pero sin duda, el momento más impactante de mi visita fue presenciar los rituales del Gallito de Roca. Nos levantamos antes del amanecer y caminamos en silencio hasta internarnos en el bosque nuboso. De pronto, como si la naturaleza hubiera preparado un espectáculo exclusivo, aparecieron varios machos con su plumaje naranja intenso. Saltaban, cantaban y realizaban movimientos casi coreografiados para atraer a las hembras. Ver ese comportamiento en su estado natural fue algo difícil de describir: una mezcla de asombro, respeto y profunda conexión con la vida silvestre.
En medio de esta experiencia, me encontré con Gabriel Oneiber Novoa, un campesino de la región que, con orgullo y sencillez, me habló del lugar que ha cuidado durante años. “Aquí la idea siempre ha sido conservar, no destruir. La naturaleza es la que nos da todo, y nosotros tenemos que aprender a respetarla”, me dijo mientras señalaba el bosque que rodea la finca. También me explicó cómo poco a poco han ido impulsando el ecoturismo como una alternativa sostenible: “La gente viene, conoce, se enamora del lugar y entiende por qué es importante protegerlo”.
Cada día en El Rincón del Tinamú me dejó una enseñanza. Más allá de ser un destino turístico, es un ejemplo de cómo el ecoturismo puede convertirse en una herramienta para la conservación y el cuidado del entorno. Las palabras de Gabriel resonaban en mi mente mientras recorría los senderos, recordando que detrás de cada paisaje hay historias de esfuerzo y compromiso.
Me fui con la sensación de haber sido testigo de algo valioso, de esos lugares que no solo se visitan, sino que se sienten y se quedan en la memoria. Regresé a casa con la certeza de que aún existen espacios donde la naturaleza sigue siendo la protagonista, y con el deseo de que más personas puedan conocerlos, valorarlos y protegerlos. Porque, como bien lo dijo Gabriel, “cuidar la tierra es también cuidar la vida”.








