En los sueños de las personas siempre hay un lugar que ocupa un espacio especial en la lista de destinos por conocer. A veces nos enamoramos de un sitio por su historia, otras por las fotografías que hemos visto y, en ocasiones, por la majestuosidad de una arquitectura que parece sacada de un cuento.
En mi caso, ese lugar es la India y, especialmente, el Taj Mahal, una de las siete maravillas del mundo moderno. Es un sueño que llevo conmigo desde hace tiempo, una ilusión que todavía permanece en mi lista sin chulear. Pero, mientras llega el día de caminar por aquella tierra y contemplar de cerca ese monumento que tanto he imaginado, la vida me tenía preparada una sorpresa mucho más cerca de casa, en Tocancipá.
Allí hay una construcción que rinde homenaje a esa joya arquitectónica y que se convirtió en la puerta de entrada a uno de mis lugares favoritos.
Antes de comenzar este recorrido, vale la pena conocer la historia de ese lugar que tantas personas han visitado y que guarda mucho más que monumentos y atracciones. El Parque Jaime Duque abrió oficialmente sus puertas el 27 de febrero de 1983, gracias al sueño de su fundador, el capitán Jaime Duque Grisales, quien fue pionero de la aviación colombiana y se desempeñó como jefe de pilotos de Avianca.
Después de retirarse de la aviación comercial, comenzó a materializar este proyecto en 1977 junto a su esposa, Amparo Quin. La idea no era solamente construir un espacio de recreación para las familias, sino crear una entidad colombiana sin ánimo de lucro que destinara sus recursos a obras sociales y al apoyo de niños en situación de vulnerabilidad, adultos mayores y otras comunidades que necesitaran ayuda.
Llegué al parque gracias a una invitación de Mauricio Mancipe, integrante de la oficina de comunicaciones de la Fundación Parque Jaime Duque, quien nos abrió las puertas para vivir esta experiencia junto a El Dorado Radio. No estaba sola en esta aventura: me acompañaban un camarógrafo y Carolina Jiménez, una oyente que quiso sumarse al recorrido. Como era la primera vez que las dos visitábamos ese lugar, llegamos con la curiosidad de descubrir qué había detrás de aquellos monumentos que tantas veces habíamos visto en fotografías.
Y allí estaba, frente a mis ojos, una de las construcciones que más llamaron mi atención: la reproducción a escala del Taj Mahal. Su arquitectura, sus formas y la imponencia de su estructura me hicieron detenerme por un momento. Tal vez todavía no estaba en la India, ni podía contemplar el monumento original que tantas veces he soñado visitar, pero aquella construcción me permitió sentirme un poquito más cerca de ese anhelo. No podía dejar de mirarla e imaginar cómo sería estar frente a la verdadera joya arquitectónica construida en Agra, India, como homenaje a Mumtaz Mahal, esposa del emperador Shah Jahan.
Sin embargo, aquella réplica guardaba una sorpresa que iba más allá de su parecido con el monumento indio. En su interior también se encuentra el Ciclorama de la Independencia de Colombia, un mural de aproximadamente 165 metros de largo por siete metros de alto que representa diferentes momentos de nuestra historia, desde la Revolución de los Comuneros y el Grito de Independencia hasta las batallas del Pantano de Vargas y el Puente de Boyacá, libradas en 1819. Así, entre una construcción inspirada en una historia de amor de la India y las imágenes que narran nuestra independencia, comprendí que aquel lugar reunía dos mundos que, aunque distintos, despertaban en mí la misma curiosidad por conocer las historias que hay detrás de cada monumento.
El recorrido también permite acercarse a la vida de Jaime Duque, el hombre que convirtió aquel sueño en una realidad. En los espacios dedicados a su memoria se pueden conocer aspectos de su trayectoria como aviador, observar elementos relacionados con su profesión y descubrir parte de su vida personal.
Las exposiciones de aviones y automóviles, junto con algunas de las atracciones que hicieron parte de los primeros años del parque, cuentan la historia de un hombre que quiso dejar algo más que recuerdos de sus viajes. Su legado también está ligado a una iniciativa social que continúa presente en la fundación.
Jaime Duque falleció el 5 de noviembre de 2007 y su esposa, Amparo Quin, murió el 15 de octubre de 2018. Sin embargo, el proyecto que construyeron juntos sigue recibiendo visitantes y manteniendo vivo el propósito con el que nació.
Basta caminar un poco más dentro del parque para encontrarse con otra de sus grandes riquezas: el Bioparque Wakatá, un espacio que alberga cerca de 700 animales de más de 100 especies diferentes. Allí, la arquitectura y las historias de los seres humanos pasan a un segundo plano cuando la naturaleza comienza a sorprendernos. Uno puede llegar pensando en tomarse fotografías y termina dedicando varios minutos a observar los movimientos, las expresiones y las particularidades de animales que, en muchas ocasiones, solo había visto en libros, documentales o pantallas.
Uno de los encuentros que más me hizo sonreír fue el del oso andino. Estábamos observándolo cuando decidió meterse al agua y regalarnos un espectáculo que ninguno de nosotros esperaba. Su tamaño, su fuerza y la naturalidad con la que se movía nos mantuvieron atentos a cada uno de sus movimientos. Por unos minutos, las cámaras quedaron en segundo plano y lo único que importaba era disfrutar de aquella escena. Hay momentos en los que uno no necesita que alguien le explique lo que está sintiendo: basta con mirar y dejarse sorprender.
Pero si el oso me sacó una sonrisa, el cóndor andino me tocó una fibra mucho más profunda. En otra oportunidad había tenido la posibilidad de observar esta especie a la distancia, desde un mirador en El Cocuy. Esta vez era diferente. Estaba allí, frente a mí, a pocos metros, y podía apreciar su imponente presencia sin tener que buscarlo entre las montañas. El cóndor andino, considerado el ave voladora más grande del mundo, es mucho más que una especie majestuosa: cumple una función importante en el equilibrio ecológico y es uno de los símbolos naturales más representativos de los Andes. Sin embargo, sus poblaciones enfrentan amenazas que hacen necesario trabajar por su conservación. Tenerlo tan cerca me hizo pensar en lo poco que conocemos de la riqueza natural que nos rodea y en todo lo que podríamos perder si dejamos de protegerla.
En el parque, el homenaje a esta especie también se levanta hacia el cielo. Una estructura de aproximadamente 35 metros de altura, inspirada en los arcos de un coliseo romano, rinde tributo al capitán Jaime Duque Grisales y recuerda la importancia de conservar al guardián de los Andes. Pero la historia más conmovedora no estaba únicamente en la monumentalidad de aquella construcción, sino en el trabajo silencioso que se realiza para procurar que el cóndor andino siga volando sobre Colombia.
Fue entonces cuando conocí una de las labores más especiales del programa de reproducción de esta especie: el cuidado de sus polluelos. Allí supe que el parque había logrado el nacimiento de cuatro cóndores mediante un proceso que requiere atención especializada, condiciones controladas y un seguimiento permanente. Rafiki nació el 29 de julio de 2024 y fue el primer cóndor andino en nacer en Cundinamarca mediante este método de incubación artificial. Después llegó Wayra, en septiembre de 2025; luego Ámbar, el 31 de octubre de ese mismo año, y finalmente Cattleya, entre finales de abril y comienzos de mayo de 2026. Cuatro nacimientos que representan un motivo de esperanza para una especie que necesita de nuestros esfuerzos para sobrevivir.
Y aquí apareció otro de los personajes que hicieron especial mi recorrido: la persona encargada de cuidar a estos hermosos polluelos, una especie de niñera que cumple una labor fundamental para su desarrollo. Su trabajo exige paciencia, disciplina y un conocimiento especializado del comportamiento de estas aves. Para atenderlas utiliza una vestimenta diseñada para evitar que los pequeños cóndores identifiquen a los seres humanos como parte de su propia especie. La razón es sencilla, aunque sorprendente: si los polluelos se acostumbran demasiado al contacto humano, pueden desarrollar una dependencia o perder comportamientos naturales necesarios para su vida futura.
Por eso, el cuidado no consiste en acariciarlos o acercarse a ellos como lo haríamos con una mascota. La vestimenta especial, las precauciones durante la alimentación y el manejo controlado de los animales hacen parte de un proceso que busca reducir la impronta humana. En otras palabras, se procura que los polluelos no asocien su supervivencia con las personas, sino que desarrollen los comportamientos propios de su especie. La alimentación y el seguimiento se realizan bajo protocolos especializados, de acuerdo con su etapa de crecimiento, mientras se vigila su desarrollo. Todo está pensado para darles las mejores condiciones posibles y contribuir a la conservación del cóndor andino. Comprenderlo me permitió descubrir que, en ocasiones, cuidar también significa mantener una distancia prudente, incluso cuando uno quisiera quedarse allí, observándolos durante horas.
Me fui de aquella primera visita con la sensación de haber descubierto mucho más de lo que esperaba. Había llegado pensando en monumentos, en fotografías y en esa construcción que me permitiría sentirme un poco más cerca de la India. Pero terminé llevándome el recuerdo de un oso disfrutando del agua, la emoción de contemplar un cóndor a pocos metros y la historia de quienes trabajan para que nuevas generaciones de estas aves puedan seguir existiendo. También entendí que detrás de cada espacio hay personas que dedican su tiempo y sus conocimientos a cuidar algo que nos pertenece a todos: la vida.
Quizás todavía me falte caminar por la India y contemplar el verdadero Taj Mahal, ese monumento que tantas veces he imaginado mientras sueño despierta. Tal vez ese viaje siga esperando su momento en mi lista de destinos pendientes. Pero en Tocancipá encontré una pequeña conexión con ese sueño y, al mismo tiempo, descubrí un lugar que me conquistó por razones que jamás habría imaginado. Me llevé mucho más que fotografías: la emoción de conocer animales extraordinarios, la admiración por quienes trabajan para protegerlos y el cariño por un parque que une historia, arquitectura y compromiso social.
Porque, al final, los viajes que más nos marcan no siempre son los que nos llevan al otro lado del mundo. A veces, basta con recorrer unos kilómetros, detenerse frente a un monumento que nos recuerda un sueño pendiente y permitir que otras historias nos sorprendan. Yo todavía sueño con la India, pero mientras llega ese día, sé que hay un lugar en Cundinamarca al que siempre querré regresar.








