Hay lugares que uno cree conocer porque allí creció. Pero basta recorrerlos con otros ojos para descubrir que todavía tienen historias por contar.
A unos 192 kilómetros de Bogotá aparece Medina, el municipio más extenso territorialmente de Cundinamarca y uno de los territorios con mayor riqueza hídrica del departamento. Fue fundado el 2 de febrero de 1620 y constituido como municipio el 22 de agosto de 1775. Es una tierra donde las raíces llaneras se sienten en la música, en la comida, en el campo y en esa manera particular de vivir cerca del agua.
Pero para llegar hasta allí hay que dejar atrás el frío de Bogotá.
Nuestro viaje comenzó antes de que saliera el sol. Fueron casi seis horas de carretera, atravesando diferentes paisajes hasta volver a entrar en Cundinamarca. Poco a poco, el frío quedó atrás y el termómetro comenzó a subir. Habíamos salido demasiado abrigados y Medina nos recibió cerca de los 26 grados cuando apenas eran las diez de la mañana.
La primera parada fue el río Gazamumo. Después de tantas horas de carretera, el agua fue una bienvenida. Una excusa para detenernos, respirar y refrescarnos antes de continuar el recorrido.
Esta vez no llegaba a Medina solamente para volver a casa. Llegaba con sombrero, cámara, grabadora y la tarea de recorrer como turista y periodista. Y esa mirada hizo que observa de otra manera un territorio que conozco desde siempre.
En el parque principal nos esperaba un raspado: hielo, sabores refrescantes y ese pequeño toque de leche condensada que hacía perfecto el momento. Mientras intentábamos escapar un poco del calor, dos niños aparecieron bailando joropo. Sus pasos, su música y la alegría con la que bailaban fueron nuestra primera bienvenida a la cultura llanera.
Junto al alcalde Rigaud Peña,caminamos hasta la plaza de mercado. Allí Medina volvió a contarnos su historia, esta vez a través de los sabores: envueltos, amasijos y la tradicional mamona. Porque hay lugares que también se conocen con el paladar.
Hasta ese momento no nos habíamos alejado demasiado del casco urbano. Pero el recorrido continuó hasta llegar a la finca Villa Paola, donde nos esperaba su propietaria, Paola Garzón, una mujer que decidió convertir este lugar en un espacio para recibir a quienes llegan con ganas de conocer y vivir las tradiciones del campo. Allí, entre harina, conversación y risas, nos acercamos a uno de los sabores más tradicionales de la cocina campesina: las arepas.
Y entendí que conocer un territorio también significa participar: ensuciarse las manos, aprender una receta y sentarse a conversar con quienes mantienen vivas esas costumbres.
Cuando el calor comenzó a sentirse con más fuerza, hicimos una pequeña pausa y emprendimos nuevamente el camino hacia la inspección de Gazaduje, a unos 40 minutos de Medina. La vía, aunque en algunos tramos no está pavimentada, estaba en buenas condiciones para recorrerla tranquilamente en carro. Y quizás lo mejor del trayecto no estaba en la carretera, sino a lado y lado de ella: el paisaje, el verde, las montañas y esa sensación de ir alejándonos poco a poco del ruido.
Queríamos llegar a tiempo para ver el atardecer. Pero el cansancio del viaje pudo más y, en algún momento, el sueño nos ganó dentro del carro. No vimos caer el sol, pero sí llegamos a un lugar que terminó regalándonos algo distinto.
En Gazaduje llegamos hasta la Eco finca Villa María, donde sus propietarios, Mery Garzón, su esposo Luis y su hijo Jonathan, nos abrieron las puertas de su casa y nos recibieron con la calidez propia del campo. Una aguadepanela caliente y una arepa fueron la bienvenida perfecta después de una larga jornada de recorrido. Allí, entre conversación y tranquilidad, llegó también el momento de descansar.
Mis compañeros se durmieron rápidamente. Yo, en cambio, aproveché la noche tranquila, el buen clima y un cielo completamente estrellado. Allí, lejos de las luces de la ciudad, Medina parecía otra.
A las cinco de la mañana ya estábamos despiertos para continuar las grabaciones. Y fue entonces cuando apareció una actividad que no estaba en mis planes: ordeñar una vaca.
Sí, crecí en el campo, pero nunca había intentado hacerlo.
La leche que sacáramos sería parte de nuestro desayuno, así que dejé por un momento la cámara y la grabadora y me convertí, entre nervios, risas e instrucciones, en aprendiz de ordeño. Quizás fue uno de esos momentos que no estaban escritos en ningún plan de trabajo, pero que terminan convirtiéndose en los recuerdos más bonitos de un viaje.
En Gazaduje también encontramos venados, pavos reales, guacamayas y faisanes. Allí la vida rural volvió a ser protagonista y entendí que muchas veces el turismo está precisamente en esas experiencias cotidianas que para una familia campesina son parte de su día a día, pero que para quien llega de visita pueden convertirse en un recuerdo para siempre.
Nuestro recorrido continuó hasta las formaciones rocosas de Canoas. Caminamos entre las piedras, contemplamos el paisaje y terminamos, una vez más, con los pies en el agua.
Para entonces, Medina ya no era solamente una lista de lugares por conocer. Era el calor sobre la piel, el agua, el sonido del joropo, la harina entre las manos, los sabores de la plaza, una noche bajo las estrellas, los animales de la finca y aquella vaca que terminó poniéndome a prueba.
Medina nos despidió cerca de los 30 grados. Y aunque soy de clima caliente y, especialmente, de Medina, esta vez el municipio se sintió diferente.
Porque volver a un lugar que te vio crecer también puede ser una forma de viajar.
Esta vez no estaba allí solamente para recordar lo que ya conocía. Estaba para escucharlo, caminar y sentirlo de otra manera.
Y entonces entendí algo que quizá es una de las cosas más bonitas de hacer periodismo: a veces hay que volver a los lugares conocidos para descubrirlos de nuevo.
Medina no cambió. La que cambió fui yo frente a ella.
Y al dejar el municipio no solo dejamos atrás el calor, la ropa húmeda por el sudor y las horas de carretera. También dejamos conversaciones, abrazos, historias y rostros de personas que, después de abrirnos las puertas de sus casas, solo querían una cosa: que sus historias fueran contadas y que ese pedacito de Medina quedará plasmado en una buena nota.
Quizás ahí estuvo el verdadero viaje.
En descubrir que, muchas veces, detrás de un paisaje hay una historia; detrás de una comida, una tradición; detrás de una casa, una familia; y detrás de un territorio que creemos conocer, todavía hay mucho por descubrir.








