La respuesta de China ante las sanciones anunciadas por Trump puede determinar hasta dónde Estados Unidos logra aislar económicamente a Teherán.
China se ha convertido en una pieza decisiva para el éxito de la nueva ofensiva económica de Estados Unidos contra Irán. Washington busca reducir los ingresos petroleros de Teherán mediante sanciones que también pueden alcanzar a empresas e instituciones de otros países que mantengan negocios con el gobierno iraní.
El problema para Donald Trump es que China es el principal destino del petróleo de Irán. Datos una empresa internacional especializada en datos y análisis sobre mercados, Kpler, citados por Reuters indican que el país asiático recibe más del 80 % del crudo iraní exportado.
Las ventas hacia China han comenzado a disminuir: pasaron de unos 823.000 barriles diarios en julio a 534.000 en agosto. Sin embargo, las sanciones anteriores no consiguieron detener ese comercio y, a comienzos de 2026, las compras chinas llegaron a 1,58 millones de barriles diarios.
Buena parte de esas operaciones se realiza actualmente a través de pequeñas refinerías independientes, intermediarios y mecanismos de pago que reducen la exposición de las grandes compañías estatales chinas.
Pekín, además, rechaza las sanciones unilaterales de Estados Unidos y sostiene que las diferencias con Irán deben resolverse mediante la diplomacia.
La situación plantea un dilema para Trump. Si pretende cerrar efectivamente el mercado chino al petróleo iraní, Washington podría verse obligado a sancionar más empresas e incluso instituciones financieras de China, con el riesgo de ampliar la confrontación económica entre las dos mayores potencias.
Estados Unidos ya sancionó este año a una refinería china y a empresas y buques relacionados con el comercio petrolero iraní. Sin embargo, aumentar la presión hasta alcanzar bancos chinos tendría consecuencias mucho mayores.
La disputa muestra también cómo algunas decisiones de Washington pueden abrir oportunidades para Pekín. Las tensiones comerciales de Estados Unidos con distintos socios han permitido a China presentarse como una alternativa económica y diplomática, mientras utiliza ventajas propias, como su posición dominante en minerales críticos, para responder a la presión estadounidense.
La nueva ofensiva contra Irán será una prueba de esa relación de fuerzas. Si China reduce sustancialmente sus compras, Trump podrá demostrar la capacidad de Washington para hacer cumplir sus sanciones más allá de sus fronteras. Si Pekín mantiene el comercio sin sufrir consecuencias significativas, podrá exhibir los límites de la presión económica estadounidense.
Detrás del petróleo iraní, por tanto, se juega una disputa mayor: hasta dónde Estados Unidos puede utilizar su poder económico para condicionar las decisiones de China y hasta dónde Pekín tiene capacidad para resistirlo.








