Lugares en donde antes dominaba la lógica de la guerra, hoy son talleres moldean piezas y resignifican el conflicto. Desde Grabart, un emprendimiento liderado por mujeres, los casquillos de bala se convierten en trofeos, memoria y sustento.
El sonido ya no es el de un disparo. Ahora es el de un horno encendido, el metal al rojo vivo y el golpe preciso que da forma. En ese tránsito, el proyectil pierde su destino original y adquiere un nuevo poder simbólico. Así opera Grabart, una empresa que transforma residuos de la guerra en piezas que circulan en escenarios culturales, empresariales y deportivos.
Detrás de ese proceso está la historia de su fundadora, Indira Durán, quien encontró en este oficio primero una forma de sostener a su familia y, con el tiempo, una apuesta consciente por resignificar la violencia. Su trabajo se centra en la elaboración de reconocimientos, pero también en la generación de ingresos para mujeres, especialmente madres cabeza de hogar.
“Que a través de un producto podamos llevar una oportunidad laboral, para que ellas tengan un ingreso y puedan sacar a sus hijos adelante”, explica Durán sobre el propósito del proyecto.
La iniciativa recoge experiencias de territorios marcados por el conflicto armado. Regiones como La Guajira y Norte de Santander están presentes no solo en la procedencia de la mano de obra, sino en las historias que acompañan cada pieza.
Uno de los hitos del proyecto fue la elaboración de los trofeos para la edición 37 de los Premios India Catalina, en 2021. En esa ocasión, Grabart propuso utilizar casquillos de bala como materia prima, en un proceso que integró diseño, fundición y trabajo artesanal.
El reto implicó trabajar con más de mil casquillos, someterlos a altas temperaturas y moldearlos hasta alcanzar la forma final. Durante semanas, el equipo afinó cada detalle, combinando técnicas industriales con procesos manuales.
“Fue una experiencia muy fuerte. Pensamos que no lo íbamos a lograr por el tiempo. La pieza entra al horno, hierve, y como el oro empieza a transformarse… ahí comienza a tomar forma. Poder llevar desde un municipio de La Guajira a cuatro mujeres que nunca habían salido de su territorio fue algo enorme para mí”, relata.
Más allá del resultado, el proceso integró a mujeres en todas las etapas de producción, desde el tratamiento del material hasta los acabados. Para algunas, el proyecto significó también su primer viaje fuera de sus territorios, al asistir a la ceremonia de premiación.
Como muchos emprendimientos, Grabart enfrentó momentos complejos, especialmente durante la pandemia. En ese contexto, la empresa diversificó su producción y trasladó el trabajo a los hogares de quienes hacían parte del proceso.
“Fuimos de los primeros en fabricar caretas en Colombia y en llevar el trabajo a casa, tanto para mujeres como para hombres”, señala Durán.
Hoy, Grabart articula producción, memoria y sostenibilidad. Cada pieza conserva el rastro de su origen, pero también incorpora una nueva narrativa: la de quienes encontraron en el oficio una forma de reconstruir su historia y generar ingresos en medio de la adversidad.








